Entiendo y me sumo al anhelo de un cambio positivo para el país,  sobretodo en tres temas: Paz, buen gobierno (eficaz y honesto) y oportunidades para todos. 
Es claro que a todos nos une el deseo de cambio, que nos divide es el proceso de cambio y que no todos sabemos manejar esta dicotomía. 
A los que somos críticos por naturaleza, se nos insiste que “si le va bien a AMLO le va bien a México”, “déjalo trabajar”, “ apenas empieza” “no seas tan negativo”… o se nos reclama con “no le hagas caso a la prensa fifí”, “tú, qué sabes de eso”, “qué decepción”.  
¿Cuál es el rol que debo tomar como ciudadano? 
Aunque la mayoría de los políticos así nos la venden, la vida no es de blancos y negros.  Parecería en este momento, que sólo tengo dos opciones: aplaudo o critico, soy chairo  o soy fifí.   
Las dos opciones están envenenadas pues me exigen dejar de pensar, ponerme un uniforme y marchar hacia la guerra.  En ambas, además de haber entregado el voto, ahora se me exige entregar la cabeza.
Ninguna de estas opciones le ayuda a México. Los países con mayor grado de desarrollo político y económico nos muestran que la mayoría de sus ciudadanos son críticos muy específicos: Apoyan las buenas decisiones y se oponen a las malas. 
Los políticos buscan el aplauso y la aprobación. Todos. Los más inmaduros (con menor nivel de consciencia)  lo buscan patológicamente, los más maduros (con mayor nivel de conscienccia)  saben que el aplauso es un dulce envenenado que se toma con cautela y en pequeñas dosis. 
En su equipo siempre tendrá incondicionales y acomodaticios que lo manipulan con: “usted es un iluminado” , “el pueblo lo quiere y lo protege” y hasta “se las metimos doblada, camarada”.  Eso no le ayuda, supongo que lo sabe e  intentará balancear su entendimiento con opiniones más objetivas e independientes.  
A los políticos se les trata un poco como a los hijos. Si sólo criticamos, los apabullamos o radicalizamos, si sólo aplaudimos, los convertimos en psicópatas o en incompetentes mantenidos. 
Voy más de fondo. Lo que queremos es que le vaya bien a México. Punto.  
De hecho, la  mejor manera de que le vaya bien a México es que no siempre le vaya bien a AMLO para que reconozca y corrija sus malas decisiones, entienda los costos y los  riesgos, corrija el rumbo, afine la estrategia, atienda las opiniones de expertos, escuche a todos, se mantenga en el piso, no se crea dios, no se crea infalible, no caiga en el cinismo y sepa que aunque su rol es importante, hay muchos más líderes en este país.  
Requerimos que la sociedad avance y madure. Si la sociedad mexicana insiste en ser niña, criticando o aplaudiendo sin pensar, AMLO se pondrá en el rol de padre dictatorial, regañón y sabelotodo.  
“¡No tienes derecho a fallarnos!” le grita un ciclicsta y él se conmueve. Claro que tiene derecho, como también tiene la obligación de admitir sus errores y rectificar. 
Si por el contrario, la sociedad mexicana se sitúa como adulto, AMLO también madurará como político. Y si no lo hace, pues tendremos que insistir, para que su inmadurez sea su problema y no en el de todos.   
No hay que perder el objetivo de paz, buen gobierno y un régimen más justo para todos, y en el proceso, lograr menos poder para sus gobernantes y más poder para sus ciudadanos porque el Estado es eso, gobierno y sociedad. 
Le ha hecho mucho daño en México el exagerado poder de sus gobernantes. Es un poder que se ha ido acotando en los últimos 30 años.  Es momento de avanzar como sociedad. Si la sociedad avanza, el gobierno avanza y de esa manera, vamos creando un sistema a prueba de corruptos e ineficaces, un sistema que se auto-corrige a tiempo, un sistema que garantiza el bien común, un sistema inteligente que se mejora constantemente, independientemente de si le va bien o mal al presidente en turno.   
Santiago Roel – Semáforo Delictivo