Los héroes eran semi-dioses infalibles. Los villanos, más perversos que Goldfinger, los hermanos Espanto, Cruela y el Pingüino, juntos.   
Ninguno era de carne y hueso. No podíamos cuestionar su supuesta maldad o bondad infinitas. Nadie tenia la autoridad para sacarlos del Olimpo o del Infierno. 
En primaria le pinté sendos bigotes al cura Hidalgo y sobre mí cayó un rayo flamígero de la maestra Herrera, quien me recordó que mi abuelo había sido historiador y yo, en cambio, un niño desmemoriado, burlón y traidor.
Los indígenas eran inocentes, perfectos, prístinos; los españoles malignos, enfermos y traicioneros. Si tu piel era clara, pues ya sabías de qué lado estabas.  
Los mestizos, un pueblo en la eterna en búsqueda de su padre ausente, marchando por el desierto de la identidad perdida, dispuestos a traicionarse por el poder corrupto de la presidencia, vendiendo la patria a cambio de unas cuantas monedas, sin brújula moral, sin mandamientos, avergonzados de su vergüenza.
Nuestro ideal: Avanzar como "raza cósmica" rumbo al infinito. Así es, de repente se ponía medio metafísica y esotérica la historia. No se me pierdan.
México era una isla en el Universo. Nada de lo que acontecía en el mundo era de importancia y le afectaba...hasta que un extraño enemigo nos profanaba...y nos humillaba...por más bridón, acero y rugir del cañón. 
Los mexicanos siempre éramos los perdedores. Teníamos que aceptar ese papel de víctimas inocentes; incapaces de vencer, pero invencibles en la derrota. Es decir, no había mejores perdedores que nosotros. ¡Campeón de bronce! 
¡Chales qué papelón! Conmigo no cuenten, ¡pido ser el villano! 
 Nos suicidábamos para salvar a la nación. Mi papá me llevó a la ceremonia oficial de los niños héroes... "¡murió por la patria!"...y yo pensaba, a mí, mejor, pásenme las balas.  
Para completar el cuadro, los pobres de México eran culpa de los ricos; así que, si tenías lana para ir al cine o te regalaban una bicicleta o te llevaban a Acapulco y te sentías rico,  eras culpable de la pobreza de los demás, eras un explotador, un Porfirio Díaz. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa.
Lo único que podía salvarnos de este triste relato, era algo sobrenatural, como la Virgen de Guadalupe o el halo divino del presidente en turno, montado en los hombros de los 4 magníficos:  Morelos, don Benito, don Venus y el Tata. 
Mientras todas estos cuentos nos anclaban, los estadounidenses navegaban hacia el futuro, nos despojaban del territorio, eran ricos sin culpas, ganaban todas sus guerras y llegaban a la Luna. ¡Wow!  What's your name, honey?
Había héroes exitosos en todos lados, menos en México. Los gringos tenían a Superman y a Batman...así, nomás de inicio. Los ingleses tenían al Mago Merlín y a James Bond. 
El Santo sabía llaves y candados; el Pípila era piromaniaco y cargaba inmensas piedras pero no le llegaban a la tecnología, poderes sobrenaturales o sagacidad de sus contrapartes extranjeras.  
Ah bueno, pero nosotros nos consolábamos con la grandeza del imperio neolítico de los Aztecas y el cero de los Mayas; la "inmensa riqueza natural de nuestro territorio"- siempre en propiedad del sabio gobierno; la primera universidad de las Américas;  y una vez más, el grandioso heroísmo y orgullo de ser las víctimas estoicas de todo y de todos, hasta de nosotros mismos. "¡Oríllese a la orilla!"
La cereza en el pastel se daba al exigirnos memorizar y repetir esta triste historia, era parte del inmaculado rito que nos perpetuaba en cada solsticio. No había manera de analizar, entender, cuestionar, proponer y liberarse del fracaso, la culpa y la estupidez; la historia era destino. ¡Cheetos! 
Y si con una confesión querías liberarte de todo este embrollo, cuidado, porque del otro lado, en la Iglesia, los demonios y las culpas eran más antiguas, más potentes y de nacimiento. Bueno, salvo, una vez más, para los anglosajones protestantes  a quienes su dios les premiaba con riquezas y con poder. ¡Trucos de El Maligno!  
Toda esta programación me daba flojera...Menos mal que ya nos libramos de ella...
Santiago Roel - Semáforo Delictivo